Juan
se levanta de la silla, cuantas horas ha estado sentada en ella. Se
pone a pensar en ello y le salen muchas horas. En ese espacio ha
tenido una parte de su vida, le ha acogido y ha sentido todas las
alegrías, frustraciones, malos momentos.
Desde
su madera y su cojín le han valido para muchas cosas. Le han visto
comer, reír, llorar. Su pintura muestra los desconchones de algunas
situaciones de rabia o de movimientos mecánicos, hasta chocar con la
mesa que la recoge.
Como
cuando coloco unas bases de fieltro adhesivo para evitar el roce con
la tarima.
A
veces recordamos un olor olor y nos trasporta al pasado donde
aparecía el mismo o una música que también tiene la capacidad de
trasportar a otro tiempo. Sin embargo en el aspecto visual, olvidamos
todo lo que nos ayuda a facilitar la vida. Juan corre la misma
delante atrás para hacer uso de ella pero es un elemento sin valor,
aunque sea facilitador de experiencias, allí desarrolladas. Es una
silla pintada de negro, recoge el polvo con mucha facilidad, pero la
tersura, áspera, no invita a limpiarla con frecuencia.
Juan
se da cuenta de su utilidad, pero olvida.
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