Que
lejos están las cosas cuando te sientes imposibilitado, así piensa
Juan, ahora que tiene una pierna entablillada por una férula. Apoya
su pierna sobre una blanca mesa de madera sobre un cojín, de esos
que se tienen para todo y que no valen para nada.
A
su lado el teléfono para responder a los que se interesan por su
salud.
Juan
está nervioso, no entiende la paciencia, precisamente, la caida que
origino su postura actual, se debe a su falta de tranquilidad.
Ahora
toca relajarse, si o si. Pero la inercia esta en su disco duro
interno y sale para cualquier cosa. Al principio llama a Ana, su
mujer, para cualquier cosa, hasta que se da cuenta que no puede
seguir en esa postura tras dos gestos de ella, que no pasan
desapercibidos. Sus visitas al servicio han sido tantas como miedos
han pasado por su cabeza. El bastón de un amigo le dota de una autonomía que tiene, pero, por supuesto, no es la que el quisiera.
Su independencia se ha transformado en dependencia, lo cual no le
hace muy feliz.
Su
gesto se ha inclinado y sus ojos se tornan en busca del sueño que no
tiene.
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