Lejano, el sonido del coche. La
noche dota que un ruido normal se convierta en algo más molesto. La noche
conlleva la quietud como ocurre a los reptiles cuando el sol falta. Los movimientos
se hacen más lentos, la duda comienza a tomar protagonismo, es el terreno donde
la razón queda un poco acorralada en el armario de la realidad.
La calle solo es iluminada por
las farolas y algún vecino que ha dado la luz, para no caerse, en su deambular
nocturno en busca del inodoro, justificado por el agrandamiento de su próstata o
salir del sueño que no le satisface.
Alguien vuelve al hogar tras una
cena fuera o un trabajo que se demora más de lo normal.
La luna se esconde entre las
nubes que amenazan lluvia, por ello no invita mirar hacía arriba. Las miradas
van hacía abajo en busca de la seguridad de los claroscuros frente a la
oscuridad que tanto temor produce.
Los ronquidos vuelven a traer la
realidad del tiempo a ocupar. La cama aun posee el calor del tiempo empleado en
la salida, se busca la posición fetal que recuerda el tiempo pasado en el
vientre materno y se vuelve al sueño.
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