viernes, 21 de octubre de 2016

CUATRO DE LA MAÑANA




Lejano, el sonido del coche. La noche dota que un ruido normal se convierta en algo más molesto. La noche conlleva la quietud como ocurre a los reptiles cuando el sol falta. Los movimientos se hacen más lentos, la duda comienza a tomar protagonismo, es el terreno donde la razón queda un poco acorralada en el armario de la realidad.
La calle solo es iluminada por las farolas y algún vecino que ha dado la luz, para no caerse, en su deambular nocturno en busca del inodoro, justificado por el agrandamiento de su próstata o salir del sueño que no le satisface.
Alguien vuelve al hogar tras una cena fuera o un trabajo que se demora más de lo normal.
La luna se esconde entre las nubes que amenazan lluvia, por ello no invita mirar hacía arriba. Las miradas van hacía abajo en busca de la seguridad de los claroscuros frente a la oscuridad que tanto temor produce.

Los ronquidos vuelven a traer la realidad del tiempo a ocupar. La cama aun posee el calor del tiempo empleado en la salida, se busca la posición fetal que recuerda el tiempo pasado en el vientre materno y se vuelve  al sueño.

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