El jardín tiene un árbol, robusto
que sobrevivió a los desmanes cometidos en las urbanizaciones de las grandes
ciudades. Su tronco robusto es el símbolo del barrio, junto a él, se han vivido
mil historias, Sus ramas han servido para acomodar columpios. Convenientemente
prohibidos para no acelerar la torsión de sus ramas. A sufrido talas mal
realizadas, lugar de evacuatorio de orines y hasta refugio de algún beso,
primerizo de miradas indiscretas.
Todo el mundo conoce el jardín
con el nombre de Jardín del árbol.
En otoño se viste de color
amarillento y en su base deposita los montones de hojas que los niños recogen y
tiran hacía arriba como si fuera una lluvia, manejada a su antojo. En invierno
se ve desposeído de su vestido y muestra su esqueleto profundamente nerviado. Pero
es en la primavera cuando alcanza su máxima belleza con la explosión de cientos
de flores blancas, para pasar a los brotes verdes que le dan la forma de
paraguas tan buscado en verano para defenderse del sol justiciero y el calor
consiguiente. Una iniciativa popular quiso dotar de nuevos árboles de la misma
especie sustituyendo a los anodinos pinos que se ven atacados por una
enfermedad.
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