Juan camina despacio, hace unos días
sufrió una caída, como consecuencia, tuvieron que ponerle una férula que impide
el normal movimiento; una muleta le ayuda a poner el apoyo que le falta. El
cansancio es grande y por ello, su trayecto es corto.
Un banco de la calle le acoge,
para recoger la respiración entrecortada. La mirada muestra el dolor y la
impotencia.
Juan no renuncia a salir a la
calle, necesita ver a la gente, tomar el sol, sentir el pulso de la calle. Cosa
extraña en los tiempos que corren, precisamente ahora que toca parar.
Se encuentra extraño sentado en
este banco, observando todo lo que pasa a su alrededor. Al ser una persona
inquieta entra en su contradicción. Pero ahora toca integrar lo que está a su
alrededor, dejar de ser actor y convertirse en espectador, para poder asimilar
todo lo que sucede junto a él y no había tenido tiempo de sentirlo. La ida le
ha puesto la herramienta para poder disfrutar de todo lo que rodea nuestra vida
y a veces no nos damos cuenta porque estamos en nuestro papel. Juan comienza a
sentirlo así, el dolor y la inacción, le dan la oportunidad actual.
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