Todos nosotros nos convertimos en jueces. Sabemos lo que
hacen mal los demás, y menormente, cuando se hacen las cosas bien.
Razonamos y argumentamos cosas
para apoyar nuestro papel. Pero precisamente no reflexionamos que lo que vemos
mal en los otros es porque es nuestro defecto. Es decir que proyectamos, en los
otros, defectos nuestros, por eso nos irritan, en gran manera, y somos más
severos en los comentarios. Hasta encontrar, en el espejo, que no puedes
soportar a esa persona, es como si descubriéramos el lado oscuro, de nuestra
personalidad.
Pero si lo vemos en otros,
aligeramos el peso de nuestro sentimiento.
Juan rompió una bonita amistad,
por verse muy reflejado en su amigo Alberto, eran tan iguales que era fácil
descubrir defectos, no tenía que buscar muy lejos, estaban en su personalidad. Llego
a irritarle tanto que no supo manejar las situaciones y lo más sencillo, es
concluir una amistad.
Por supuesto que el problema no
se arreglaba, pero para él, alejaba fantasmas. Es tan difícil aceptar nuestra
manera de ser, que se rebusca y por supuesto, se encuentra en nuestro
alrededor.
La figura de juez es difícil pero
quien somos nosotros para juzgar a los demás.
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