A penas, se ha distanciado de su casa unos metros, siente
que el aparato comunicativo, no esta en su bolsillo. Entra en una especie de pánico
y decide regresar al hogar.
Sobre la mesa, cargando la batería se encuentra. Vaya
solucionado el primer problema del día. Observa, si en este corto periodo de
tiempo ha recibido un mensaje o una llamada. Y un relax se produce al comprobar
que no ha ocurrido nada.
Vuelta a salir a la calle, pero esta vez más deprisa, por el
tiempo perdido en la búsqueda del aparato. En su cabeza se recrea la película
de un día sin el intercambiador de palabras. No consigue pensar que hubiera
sido, la dependencia hacía la necesidad, hace que sea difícil imaginarla. Y
hace no tanto tiempo, esta no seria posible, por no ser una necesidad social. Hasta
de control de movimientos se convierte, el transmisor, donde se puede saber
donde y el tiempo estado en cada momento del día en un ordenador central con
millones de datos al respecto, tantos como usuarios existen, hasta los menores
que comienzan sus juegos, en las pequeñas pantallas e inocentes mensajes,
copiados del proceder de sus padres o sus hermanos mayores.
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