Quizás es una urraca solitaria, es temprano
pero anda recorriendo los caminos de arena del parque cercano, a lo lejos
reclaman su espacio las cotorras, pero sigue con sus saltitos como si de andar,
fuera.
El sol se abre tímido, por el aguacero caído.
Y entre las nubes quiere abrirse paso.
No es motivo para que la urraca siga en su
deambular, buscando el precioso bocado que la permita el sustento hasta la
nueva querencia.
Un conejo también hace su aparición, parece
el parque animado, tiene habitantes que no solo son del género humano,
recuerdan que no somos los únicos participantes del entorno de la tierra. Desde
la pequeña hormiga o el pequeño pulgón, todos tienen su espacio en este mundo
compartido. Pero si solo nos miramos a nosotros, precisamente nos veremos
desligados del entorno, es el momento de sentirnos solos y no en la armonía del
espacio en que estamos viviendo. Cuando dejamos de sentir a nuestros amigos los
árboles o el pequeño trébol. Nos separamos más de nuestra madre naturaleza. Eso
trae consecuencia, como el niño pequeño que emprende su camino olvidándose de
su madre y a los pocos pasos se encuentra perdido, sin protección.
Así nos va.
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