El fontanero iba de casa en casa
arreglando desperfectos que el tiempo o el mal uso va produciendo en las casas.
Su agenda esta ligada a una compañía de seguros, que le va facilitando los
partes que los asegurados van informando. Su sueldo es ajustado, porque cada
vez es más bajo, solo aderezado por hacer más servicios en menor tiempo, lo
cual le obliga a no poner todo el interés que cada reparación lleva. Pero sigue
la norma de que nada es eterno y por tanto finito.
En la época de usar y tirar se
sustituyen piezas en lugar de repararlas, porque todo tiene un tiempo inferior
a cinco años para ser cambiado y que la industria siga su evolución. Si los
coches duraran mucho, la producción sería lenta. Pasa igual que con la ropa y
hasta con los sentimientos.
La profesión se cala de la manera
de ser de la sociedad y por tanto se adapta a los patrones generales.
Su lamparilla de soldar pasa casi
al olvido y se arrincona en una esquina de la furgoneta. Donde se utiliza cada
vez con menos frecuencia.
Un nuevo aviso en el teléfono le
cambia el plan de hoy. Nuevo destino.
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