El libro esta lleno de relatos fantásticos,
mezclados con la realidad, en algún momento no sabes donde estás. La línea
entro lo real e imaginario es tan delgada que una hoja de papel se puede
introducir entre ella.
Según avanza Juan en su lectura, llega
a cuestionar donde estas. Se asemeja, cuando tienes una pesadilla y te
despiertas asustado, intentando recomponer la razón con la ilusión onírica.
Juan ha llegado a sentirse Don
Quijote, con diferencia del espacio temporal, pero con su mente igual de
abierta. La lectura se va dosificando, para no hacerla del tirón. Quiere
saborear el aroma de las letras van mostrando. Como saborear un vino añejo, con
todo lo que tiene que decirte de sus años, envejeciendo en la barrica, de roble
americano, si ese que tiene sus hojas en
punta, no como el lobulado europeo.
El libro se muestra con el
atractivo de la auto identificación, lo cual solo llega al uno por mil de la
población. Es decir escrito para muy pocas personas aunque lo hagan muchas más.
Entre ellas se produce el abandono en las treinta primeras páginas, pues el
contenido no engancha. Sin embargo para otros la trasformación es la clave,
lectora.