Cuando hablamos de
la edad de las cosas, nos fijamos en el grado de deterioro o desactualización. Sin
embargo hay cosas que perduran con una gran majestuosidad, a pesar de los
materiales empleados.
Es nuestro afán
consumista el que hace que lo que hoy vale tenga una caducidad de dos años,
para quedarse obsoleta.
Cuando miramos los
arcos de un acueducto, romano, por ejemplo vemos la sencillez y la utilidad que
tuvo durante tantos años y hoy sigue en pie, piedra sobre piedra sin argamasa o
cemento que le de consistencia. Evidentemente las cosas cambian y hoy estaría
obsoleto, pero es una reflexión sobre la necesidad de la prisa de la evolución,
se nos acaba la vida. Y es en esa vorágine que nos forma un bloque que puede
transformarse, en angustia.
Sentimientos de
rechazo, de no soportar a las personas que te rodean. Si vamos atando cabos
entendemos el comportamiento de la sociedad que pertenecemos y somos. Pocos son
los que luchan con su ejemplo, sin tener que convencer que tienen la verdad en
sus manos, pues eso daría pie a intentar transformar la sociedad en otra según
nuestros esquemas. Cosa altamente peligrosa, por todo lo que conlleva hacerlo.
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