Cuenta la leyenda que cuando
llega el veintiuno de junio, llegado la hora de las doce del medio día un rayo
penetra, por catedrales e iglesias, a
través de ventanucos con la única función de incidir el rayo de sol en un punto
concreto de cada edificio. Juan se ha trasladado a uno de esos puntos para ver
el momento, pero hoy el día se ha despertado nublado, incluso con una llovizna
fina, lo cual va a truncar el viaje de Juan para ver la matemática, que solo se
repite ese día en concreto. Lejos de sentirse frustrado, por no haber
conseguido su objetivo se sienta donde el rayo tenía que incidir y en la
baldosa donde figura una placa que indica el lugar y escucha el silencio del
lugar sacro, cierra los ojos y siente un pequeño calor en su cabeza. Se levanta
presuroso pero la luz mortecina no separa el umbral de luz.
Juan se levanta como si una
energía hubiera penetrado en él, pasando de un estado de desencanto por el
viaje fallido, a una euforia sin sentido pero que él siente, sin tener que
justificar nada a nadie. Su sentimiento queda para si mismo, aun nublado.
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