Con la calma, aparente, pasa de
una parte de la oficina a la otra. No se une a los pasos rápidos de sus
compañeros. Donde quieren ir a la misma velocidad que tienen a las conexiones eléctricas.
Juan sigue su camino, sin la
necesidad de la premura, aunque él también la tenga. Sus pulsaciones pueden que
ser las mismas que el resto de trabajadores, pero Juan sabe distribuirlas de
otra manera. Quizás cometa menos errores, que emplean más tiempo. Pero esos
movimientos lentos le dan un comportamiento de reflexión, dentro de la dinámica
generalizada.
Su trabajo lo tiene que cumplir
en pocos minutos, el cliente quiere respuestas ágiles y soluciones, para eso
las paga, es el sentimiento de sus intercomunicadores. Lo cual hace que muchos
trabajadores renuncien al trabajo, por no soportar una tensión que no está en
sus manos, sino depende de otras instancias, pero la presión se lleva con quien
le atiende con nombre y apellido. Con ello llegan las quejas y la separación
del servicio tras haberles sido avisados.
Juan es experto en ver marchar
compañeros, el lo sufre pero ha aprendido a gestionarlo de otra manera. Eso le
vale el reconocimiento de todos los que quedan.
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