Frente a las personas sentadas en
el vagón del metro se abre las puertas y uno de los que entran, comienza a
hablar va ofreciendo unas galletas bañadas en chocolate por veinticinco céntimos.
Alguno levanta la vista para ver al interlocutor, pero lo normal es permanecer
con los ojos hacía abajo o la vista en el libro que se va leyendo.
Relata su enfermedad coronaria y
su incapacidad para poder trabajar. Como una sombra que apenas se detiene va
recorriendo todo el coche, hasta el nuevo donde vuelve a relatar, palabra por
palabra el mismo discurso. El habito de los pasajeros, se hace auto inmune ante
tantas personas que van solicitando una ayuda. Se les ignora, este ofrece una
galleta a cambio de una donación, pero sigue sin ser un motivo para cooperar
con él.
En poco tiempo recorre todos los
vagones, esta vez solo ha conseguido la ayuda de dos personas e incluso ha
regalado dos a unas chicas que rebuscando no encontraron dinero para darle, él
les dice que lo tomen y otro día se lo den.
Según salé, comienzan a quitar el
envoltorio para tomar la golosina. Se encuentran en deuda y seguramente mañana volverán a topar.
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