Todos los días al caer la tarde un
banco del parque es ocupado por la misma persona. No le importa las cagadas de
los pájaros que le dotan de lunares al marrón de la pintura. Permanece en el
mismo durante una hora, por supuesto va variando según los días se acortan o
alargan, dependiendo de la estación.
Si, el banco esta ocupado se pone
sentado apoyado en un árbol pero siempre frente al oeste donde se mete el sol. Aunque
este nublado o lloviendo dedica su tiempo en hacer este ritual.
Por supuesto que los habituales
del parque, no les ha pasado desapercibido, pero nunca le han preguntado. El
banco está ubicado a espaldas del paseo, por ello mantiene una cierta
privacidad.
Una vez caído el sol, o llega la
falta de luz directa. Se levanta y vuelve hacía su casa.
Siempre ha habido personas por
preguntarle por su ritual, pero no ha invitado a trabar dialogo. Así el
misterio queda sin resolver.
No mira el reloj pero sabe el
tiempo que pasa y es en torno a sesenta minutos. Su silencio, sin nada que le
distraiga, es su compañía.
Hasta aguanto una ventisca de
nieve, con sus manos recogidas.
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